Ich habe einen Traum (Capítulos IV-V)

CAPÍTULO 4

Otoño, 1940

Las fuertes botas de militar retumbaban sobre el empedrado que daba acceso a las cámaras. Sus adustas facciones se encontraban en un una mueca de absoluta seriedad, semi oculta bajo el habitual oscuro bigote que le caracterizaba. Los oficiales que lo acompañaban le sacaban todos al menos una cabeza. No se adecuaba, desde luego, a los cánones que dictaba el ideal ario que tanto se empeñaba en perseguir e imponer, y por el que muchos habían muerto. Sin embargo, su exceso de poder compensaba su falta de belleza.

Se detuvo a la entrada de la cámara, quería contemplar su obra de primera mano. Desnudos y escuálidos, con la piel pálida como fantasmas y la mirada perdida. Su delgadez extrema dejaba prácticamente sus frágiles huesos expuestos a la superficie y, en las articulaciones, parecían estar a punto de salirse del cuerpo. En sus rostros se sucedían los surcos hendidos por la cruenta represión nazi, las arrugas causadas por el dolor y el cansancio.

Así los encontró. En una amplia cámara tenuemente iluminada, aguardaban, los más pequeños entre confusión y los adultos carcomidos por el terror, su ineludible destino. Las estancias de la muerte.

Los contempló a todos, uno a uno, durante un largo rato, preguntándose si ellos tendrían también algún sueño, como él, más allá de sobrevivir un día más.

-Mein Führer- escuchó una voz a sus espaldas-. Todo está listo ya.

-Ahora mismo salgo- respondió.

Su mirada se volvió a pasear por la sala. Los moribundos lo miraban, unos con odio y rabia, otros clamando clemencia. Murmuró algo entre dientes, y todo su cuerpo vaciló durante unos instantes. La luz, arrinconada en su interior, se sumaba a la súplica desesperada de los condenados. Las dudas lo asaltaron, cual emperador romano que en su palco del coliseo se debate entre permitir seguir con vida o sentenciar al gladiador vencido. La masa embravecida exigiría muerte, a coro, desde todas y cada una de las localidades de la inmensidad del monumento: “¡Muerte!” ¿Y qué podía hacer el emperador abrumado por la euforia de las voces que resonaban en su mente, sino repetir lo que decían?

-¿Mein Führer?- oyó de nuevo a sus espaldas.

Su rostro se contrajo en una sonrisa:

-Muerte. Matadlos a todos –se giró y abandonó la sala, mientras la puerta se cerraba tras él-. Solo cuando estén muertos y enterrados habrán hecho algo útil en su puta vida: alejar el olor a mierda. Cuando ahuyentas a las ratas, el hedor se va con ellas.

Unos minutos más tarde el gas invadiría el interior de la sala, que a primera vista se sugería lujosa, o al menos espaciosa a ojos de los prisioneros, obligados a convivir por cientos en unos pocos metros cuadrados, oprimidos como ganado. La muerte penetraría en cada uno de ellos a través de su aparato respiratorio, haciendo arder su interior, quemándolos por dentro, convirtiéndolos en surtidores de sangre mutilados por sus propias convulsiones. Las falsas duchas instaladas no los engañaban. Sabían dónde estaban. En las estancias de la muerte.

CAPÍTULO 5

Junio, 1942

 El sol de verano despuntaba el alba, asomando tímido pero fuerte, sumiendo en un hermoso juego de luces y sombras la casa de Berghof. Conformando una danza de claroscuros.

Eva Braun prefería la luz. Le fascinaba el suave beso del calor sobre su piel blanquecina. Sobre el trampolín, flexionó las piernas, y se preparó para saltar. Su cuerpo describió una parábola en el aire y hendió el agua.

No había nada que la hiciese sentir más viva que sentirse bajo el agua, su catedral de silencio, en la que ni tan siquiera respirar era necesario y desde la que podía observar el mundo desde otra perspectiva. Sentía su cuerpo envuelto por los brazos del océano, arrastrado hacia el fondo por las caricias de la corriente marina. No eran más que ilusiones, por supuesto, pero se antojaban sin duda mejores que el mundo real.

Durante unos segundos se planteó abandonarse a las aguas, dejarse llevar hasta el final, hasta que tomar oxígeno dejase de ser necesario para siempre. Pero desechó la idea con rapidez. Ya lo había intentado en otras ocasiones y no había resultado. Y lo cierto es que ya no lo deseaba. Cuando él estaba cerca se sentía feliz, pletórica.

Se impulsó en el fondo de la piscina e inspiró profundamente al alcanzar la superficie. Sus pulmones se colmaron de aire, y se preparó para afrontar el día.

Caminaban despacio, con la vista fija en el firmamento, que era atravesado por una lluvia de estrellas fugaces. Un hermoso juego de luces y sombras. Eva Braun se agarraba con sutileza al brazo de Adolf.

-Sentémonos aquí, adoro las lluvias de estrellas –sugirió Eva señalando un banco.

Se acurrucaron el uno junto al otro, como otros amantes cualesquiera, pero ninguno podía olvidar lo ocurrido entre ellos. Hitler la miró y se decidió a pronunciarse.

-Eva, sobre lo ocurrido… Yo… Lo siento. Intento hacerlo lo mejor que puedo.

Sus disculpas eran torpes, pero parecían sinceras.

-Lo sé –le contestó apartando la mirada.

Una barrera de silencio se erigió de pronto entre ellos, distanciándolos. Fue él quien la deshizo.

-¿Y por qué parece que tengas miedo de mi? –su voz sonaba frágil.

-No lo tengo –volvió a mirarlo directamente a los ojos.

Se hizo un nuevo silencio, esta vez más breve. Esta vez roto por ella.

Eva tomó su rostro con suavidad entre sus manos y acariciándolo, susurró con dulzura:

-Sé que no eres un monstruo, tan sólo persigues justicia para tu patria.

Los labios de Eva ardieron al fundirse con los suyos, pero él la detuvo.

La lucidez se adivinaba en sus ojos. Nada había de verdad en las palabras de su amada. La luz se contrajo en un instante en sus pupilas, el baile de estrellas fugaces se congeló en el cielo de verano, y por la mejilla del Führer resbaló una lágrima de fuego.

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Ich habe einen Traum (Capítulos I-III)

     Ganador del Certamen Literario del IES Sánchez Cantón 2013, con motivo del Día del Libro

El azar es como un niño pequeño, travieso, cruel y caprichoso, que gusta de entrecruzarse con nuestros sueños y jugar con ellos a su antojo. En ocasiones, simplemente los abate, los destruye en cuestión de segundos y los esparce como cenizas echadas al viento, que nunca más podrán reunirse. Otras, los manipula y moldea, los oscurece y añade toques de locura. Los traduce en pesadillas. Y aún así luchamos por ellos. Morimos por ellos. Matamos por ellos. ¿Y qué es nuestra lucha por cumplir nuestros sueños sino un intento de manipular los designios del destino? Un esfuerzo vano, pues es el azar quien tiene siempre la última palabra, y ni él mismo la conoce hasta unos segundos antes de pronunciarla.

 CAPÍTULO 1

Enero, 1903

El sol inundaba las frías calles de Leonding, proporcionando a sus habitantes un descanso de las incesantes nevadas que llevaban sucediéndose todo el invierno. Los tejados nevados se deshacían en finos regueros de agua helada que brillaba con la luz del día. El pálido abrazo de calor que se desprendía desde las alturas era suficiente para avivar los sueños de los lugareños, que llevaban sumidos en la gélida invernada varios meses ya.

Sueños de esperanza, como los que se arremolinaban en torno a Alois mientras se encaminaba, como todos los días, al Gasthaus Wiesinger, donde su vino matutino lo esperaba. Como tantas veces, el remordimiento lo reconcomía, y se prometía a si mismo que todo cambiaría. Imágenes de su familia feliz se paseaban por su mente. Imágenes que no existían, y no eran sino quimeras de un futuro que, aunque soñado, se presentaba harto improbable.

Alois abrió la puerta del local y entró. Saludó al dueño movido por la fuerza de la costumbre con un leve movimiento de cabeza, pero su mente aún seguía sumida en el más profundo ensimismamiento.

De pronto, la realidad lo sacudió y, aturdido, se tambaleó. Necesitó apoyarse en la mesa más cercana para recobrar la compostura ¿Podría ser acaso que se hubiese emocionado?

Varios hombres que charlaban en la barra se acercaron a ofrecer ayuda.

-Estoy bien- acertó a murmurar-, estoy bien.

Acto seguido se dejó caer en uno de los sillones más cercanos. Estaba exhausto. Descansó durante unos segundos y se sintió plenamente recuperado. El encargado se apresuró a dejar un vino caliente sobre la mesa.

-Ya verás como esto te devuelve la fuerza- su familiar voz profunda infundió ánimos a Alois.

-A tu salud, compañero- respondió recogiendo la taza de vino.

Cerró los ojos un instante antes de beber, y la copa se le escurrió de entre las manos. Jamás los volvió a abrir.

El 3 de enero de 1903 fue el día más feliz de su infancia. En verdad, el único feliz que recordaba. Aún podía saborear el momento en el que el director del colegio lo llamó para que abandonase el aula y, con el mayor tacto que fue capaz, le comunicó lo ocurrido.

Corrió de forma desbocada durante unos minutos, alejándose de todo rastro de civilización. Trepó a un anciano roble con furia, sin importarle que la corteza le desgarrase la ropa y un aluvión de astillas se clavasen en su piel. Cuando se consideró a suficiente altura se acurrucó en una de sus ramas, abandonándose al placer de sentirse libre. La rabia contenida durante los últimos años emanó de los más recónditos lugares de su alma. La oscuridad cubrió su mirada, y por primera vez la locura alcanzó la superficie. El recuerdo de su padre azotándolo noche tras noche, grabado a fuego en su memoria, se debilitó. Perdió fuerza frente a la esperanza. La esperanza de algo más a lo que aspirar, delirios de grandeza. Sueños al fin y al cabo, pero coloreados de tiniebla.

Se sentía en éxtasis. Tenía trece años, y su padre había muerto.

CAPÍTULO 2

Marzo, 1933

Ellos lo elegían. Su mente parecía jactarse de él imprimiendo a sus pensamientos un deje de ironía. Le confiaban sus sueños. A él.

Sus promesas los cegaban, impidiéndoles ver que él no era sino precursor de pesadillas. Oscuridad latente, que espera paciente el momento de ser liberada.

Dejó el periódico sobre la mesa y se reclinó en su asiento. Locura y lucidez se fundieron de nuevo en su mirada, y, con nuevos ojos, revisó por enésima vez la portada del Völkische Beobachter. Había jugado un papel importante en la consecución de esa victoria, y no les defraudaría. Liberaría a Alemania de la Gran Depresión en la que se hallaba sumida y la guiaría hacia la prosperidad; le daría el lugar que se merecía en el viejo continente. Ese era su sueño, y cada vez se encontraba más cerca de alcanzarlo. Sus pupilas brillaban enardecidas por la emoción del momento. Tras ellas, las sombras se batían en retirada. Oscuridad latente.

CAPÍTULO 3

Tras la victoria del partido nazi en las elecciones parlamentarias de 1933, Hitler se afianza en el poder. Sucede a Hindenburg como presidente, y se da a conocer como Führer de Alemania en agosto del 34. A partir de ese momento la espiral de terror desatada no conocería límites. Poco quedaba del sueño de Hitler que no se hubiese tornado en pesadilla. La oscuridad brotó de su interior con la fuerza de un huracán, y la luz quedó relegada a la nada.

La purga comenzaría la Noche de los Cuchillos Largos, en la que Adolf ordenó asesinar a los oponentes de su propio partido y a todo político contrario a sus ideas. En adelante, se extendió a todo aquel que el Führer consideraba impuro, desde gitanos y judíos hasta enfermos mentales y homosexuales, y Alemania comenzó a rearmarse. Los engranajes de la guerra se pusieron en marcha por primera vez desde el Tratado de Versalles.

Comenzó entonces la expansión del Tercer Reich, que desembocó en el peor conflicto armado que haya conocido la humanidad, la Segunda Guerra Mundial. La guerra comenzó con contundentes victorias para Alemania, apoyada por Japón e Italia. Los deseos de un solo hombre se habían convertido en el horror de millones de personas. El mundo se sumió en la oscuridad más absoluta, el cielo se coloreó de gris a los ojos de los hombres y los sueños y esperanzas se desvanecieron entre los rugidos de las bombas y las nubes de pólvora.

El Holocausto se tradujo en más de diecisiete millones de muertes. Más de diecisiete millones de sueños fueron cercenados.

Y en tanto que la guerra proseguía, en el interior del Führer se libraba una importante batalla, y las sombras llevaban ventaja.

Sobre los “justos” desafueros que rigen el encanto y la miseria

“And clenching your fist for the ones like us 
who are oppressed by the figures of beauty,
you fixed yourself, you said, “Well never mind,
we are ugly but we have the music.”

Leonard Cohen a Janis Joplin, Chelsea Hotel #2

-Puto gordo de mierda.

Las palabras apenas transgredieron la condición de sonidos. Estaba demasiado habituado a ellas. No obstante, en una parte de su mente que él mismo había sedado, continuaban hendiéndose como puñales. El último reducto de dignidad que conservaba, y que de pronto pareció activarse.

La realidad se descompuso en acuarela, que cobró forma de nuevo en su mente. Se vio a sí mismo, beligerante, librando su particular batalla ante el espejo, mañana tras mañana, desnudo y envuelto en una nube de vapor, contemplando con desprecio su figura. “¿Tan feo soy? ¿Eh?, ¿Acaso no estoy a la altura de lo que se espera de mí?” Adquirió  la actitud más soberbia que fue capaz y exigió una respuesta con ahínco, pero no encontró sino exigencia por respuesta. Y la facción durmiente de su ser, se revolvió en protesta, alzando el puño en contra de un mundo dominado por la apariencia.

La rotunda negación de su subconsciente lo descolocó, devolviéndolo a la realidad. Normalmente era su reflejo quien vencía, en detrimento de su ya de por sí mermada moral.

Un acervo de pensamientos se agolpó en su mente. Brotaban a presión tras verse libres por fin, tras lo que se antojaban eones de opresión. Pensó que no era justo, que nadie tenía derecho a hablarle así, y que su físico era parte de él. No tenía que cambiar, ni sufrir en silencio, para complacer a nadie.

Se aclaró la garganta con rabia y miró al que creía su amigo.

-¿Te dan tus músculos potestad para decir lo que te venga en gana? ¿Te lo da tu delgadez para insultarme? ¿Con qué derecho te crees mejor que yo? No vuelvas a ofenderme, porque no volveré a ser condescendiente. No vuelvas a mirarme con desdén ni a tratarme como mierda. Porque al final del día, los dos seguiremos siendo seres humanos, tú un poco peor que yo, y yo creyéndome un poco peor que tú. Y eso no es justo.

Tosió. Su alegato había muerto en su garganta. La vorágine de inconformismo flaqueó, y viéndose perecer en indolencia, se dispuso a reincidir en su letargo, aguardando un verano en el que el sol jamás llegaría a despuntar.

Y mientras no nos levantemos y deroguemos los cánones de perfección que nos oprimen, la sociedad seguirá teñida de injusticia, que la inmensa mayoría aceptamos como justa.

Polvo de Estrellas

-Es como Nolan cagándola en una película, como que reste un político recto en nuestro gobierno, como un Inmaculado piadoso o Martin firmando un libro al año. Como aguantarse la polla en los pantalones en un burdel en el que todas las putas te reclaman, los senos prietos semi ocultos bajo las manos y, el resto de su cuerpo, tan solo cubierto con su descaro; o incluso en uno en el que no más de una y sin desvestir, ni siquiera te reclama. La lujuria, el erotismo, el falso amor bañado en lujo… Imposible evadir la tentación.

>>>Como intentar alzar el vuelo y no dar de bruces con la realidad, o en su defecto, con los dientes contra el suelo. Como alcanzar la justicia, anhelo humano por antonomasia, hermosa sobre el papel, y por reveses de la ironía, imposible con el ser humano de por medio.

>>Es como no pecar, que al fin y al cabo no es sino pecado, además de imposible. Como una guerra sin bajas, una rosa sin espinas, un amor sin sangre o un poeta sin musa. “Como que llueva sobre el cielo o que cante el gallo en la noche a la mañana”. Como reencarnarse en hormiga ¿Cuán elevada proeza haría merecedor al hombre de tal honor, que no bajeza?

>> Es como detener el tiempo, o rebobinarlo, descongelar a fuego lento los recuerdos y recrearnos en la melancolía de un presente que es pasado. Como viajar al futuro o conocer el devenir de nuestro mundo, que si bien es miseria, es miseria con matices; como ser lo que no eres, saberlo todo o saber nada; como no temer y ser valiente al mismo tiempo. Jodidamente imposible. Nuestro amor bajo tu lápida.

Los seres humanos tendemos al optimismo. A veces olvidamos que la lista de imposibles se extiende hasta el infinito, y que si nuestros sueños y anhelos no aparecen inscritos en ella, más nos vale olvidarnos de ellos. Y es que no somos dioses, tan solo polvo de estrellas.