Ich habe einen Traum (Final)

CAPÍTULO 6

Agosto, 1942

La Segunda Batalla de El Alamein fue una de las primeras grandes derrotas del régimen extremista. Las tropas alemanas se vieron mermadas por el ejército británico, lo que supuso un punto de inflexión para la guerra. El Tercer Reich, que había alcanzado su zenit con la Operación Barbaroja, al internarse en la Unión Soviética, comenzaba a derrumbarse. Y como la de cualquier otro gigante, su caída fue titánica.

Hitler aguardaba paciente en su despacho, en pie, siempre firme. Por primera vez en años probaba en sus labios la hiel de la derrota. La puerta se abrió, y dos hombres acompañaron a un joven soldado al interior. Parecía cansado. No por desgaste físico, parecía estar harto de todo, ansiar la muerte. El horror de la batalla había calado en sus huesos.

Tras los saludos de rigor, el interrogatorio comenzó, impaciente.

-Cuéntanos todo lo que recuerdes- inquirió el Führer con avidez.

-Todos han muerto, señor –su voz no titubeó ni un instante. Todos están muertos.

-Eso no es del todo exacto, pero ya lo sabemos. Han muerto como héroes. Su sacrificio no ha sido en vano.

Aquello pareció ofender especialmente al recién llegado, que respondió en tono de protesta.

-¿Si? ¿Y de qué ha servido?

Los escoltas sujetaron con fuerza los brazos del joven.

-Justicia. Ese siempre ha sido nuestro objetivo -replicó Hitler con convicción. Tal falta de insubordinación había conseguido enervarlo-. Es por lo que hemos luchado durante todo este tiempo, justicia para Alemania, y luchando por ello han muerto –concluyó, dando un fuerte manotazo sobre la mesa que habría conseguido amedrentar a cualquier persona sobre la faz de la tierra, y acto seguido tomó asiento.

Pero el soldado había bebido, y ebrio también de rabia se blandió en un último alarde de valentía.

-Más de diez millones de personas han muerto sólo porque así lo ha deseado. El mundo entero se bate en la guerra más cruel que jamás ha existido, sólo porque así lo ha deseado – el tono de su voz ascendía a medida que las palabras, bañadas en ponzoña, se encrudecían-. Y mientras tanto, usted se sienta aquí cada mañana, y su frívola mente elucubra sobre cuál será su próximo capricho. Así que dígame, ¿en verdad piensa que es justicia lo que ha llevado este mundo a la guerra?-los hombres del Führer lo sujetaban e impedían su movimiento, pero esperaban la orden para poner fin a su discurso suicida.- Lo que mueve el mundo en este momento son los sueños. Sus sueños de muerte, y los sueños del resto del mundo.

Una breve carcajada asomó de la mano de una media sonrisa en el semblante de Adolf. La pregunta se escapó de entre sus labios al instante, envuelta en un velo de sarcasmo.

-¿Y dígame, que es lo que sueña el mundo?

La ira nublaba el juicio del recluta, que no pudo reprimir sus últimas palabras.

-Su muerte.

Hitler se revolvió en su asiento, y entrelazó ambas manos con serenidad.

-En este momento, me temo, yo sueño la suya -la sangre brotó a borbotones del cuello del soldado cuando el cuchillo de uno de los robustos militares se hendió en su garganta-, y una vez más, yo gano.

CAPÍTULO 7

Marzo, 1945

La eternidad es un sueño peligroso ¿Pero soñaba eternidad o no soñaba ya nada? Justicia, sí, eso es. Justicia para Alemania. El lugar que esta merecía en el mundo. Sí, sí, sí. Tenía que recordarlo. Si no, la muerte, su imperio de terror, nada tendría sentido, su mundo se desmoronaría.

De todas formas, estaba a punto de hacerlo. Demasiados días llevaba encerrado en el Führerbunker. La fortaleza de hormigón que debía protegerlo lo asfixiaba. Se sentía prisionero de sí mismo. Sin embargo, aún albergaba esperanza. Todo cuanto había querido, todo cuanto había soñado, se había hecho realidad hasta ese momento ¿Por qué iba a cambiar su suerte ahora?

El azar, que había sido propicio a Adolf desde el principio, se negaba desde hacía unos meses a sonreírle. Y fue el destino el que quiso que, en marzo, el puente de Remagen no fuese demolido a tiempo. Churchill, Roosevelt y Stalin atravesaron el Rin. Las tropas aliadas se cernieron sobre Berlín.

CAPÍTULO 8

Abril, 1945

El ejército soviético fue el primero en llegar. La capital fue tomada cuando abril ya amenazaba con ceder el paso a mayo. La primavera se tiñó de sangre.

En cuanto lo supo, luz y oscuridad se inmolaron en su mirar. Se sintió deshecho, roto por dentro. Profirió un grito que rasgó el aire, tal vez de rabia por la desidia de su ejército, tal vez de compunción. O sencillamente un grito. Cuando su quejido cesó, mandó llamar a un funcionario.

El sol se ocultó en el firmamento, y la noche bañó Berlín. Y el Führerbunker se vistió de boda.

Pero no hubo vestidos blancos, ni brillante ceremonia esa noche. No hubo sonrisas arrancadas por el decoro, ni galas recreadas en barroquismos. La vorágine de derroche se vio reducida a las palabras, limpias y directas. Esa noche solo bailó la llama de una vela, que iluminó la sala hasta extinguirse. Bailó para la luna, el único y silente testigo No hubo alegría ni pasión o lujuria en el lecho de bodas, ni desdicha o lamento por lo vivido. Sólo amor, y muerte.

Y esa noche brindaron con cianuro. Y nunca más se volvió a saber de Adolf Hitler.