Juego de Tronos VII

“¿Qué es el honor, comparado con el amor de una mujer? ¿Qué es el deber, comparado con el calor de un hijo recién nacido entre los brazos, o el recuerdo de la sonrisa de un hermano? Aire y palabras. Aire y palabras. Sólo somos humanos, y los dioses nos hicieron para el amor. Es nuestra mayor gloria, y nuestra peor tragedia”

Maestre Aemon

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Cuando julio gima agosto

Que las montañas se yerguen contra las estrellas que refulgen día y noche, que con sempiternos fulgores de luz argéntea exhortan: “¡Nunca! ¡Nunca muerte!”. Que reyes, locos, putas y asesinos, la escoria que plaga los vertederos del planeta Tierra, todos prevalecen bajo ellas. Que estas claman enardecidas que el único uniforme sea la carne de gusanos, que la única raza sea la humana, y la única deidad el albedrío. Que todos los pétreos códices con alma de Hammurabi que algunos osados llaman leyes, se deshagan en polvo y vaguen con el viento, y que este silbe libertad. Que morir sea vivir más aprisa, y que cada día sea un triunfo y cada triunfo una proeza. Que ardan hierro-y-piedraviva, que ardan jade-y-plata, que las altotormentas remitan por siempre, el doblepiensa languidezca  inútil, los soñadores tengan cabida, y la hermandad de los hombres renazca.

Que la silvestre letanía de goce y verano prosiga su álveo por siempre, ajena a los gemebundos demonios de la sociedad, que el dolor se abra de piernas a la inocencia y muera entre gemidos de placer, que las únicas lágrimas manen de exabruptos de alegría, que las únicas armas sean los miembros erectos de un ejército de hombría, y que en las márgenes de los ríos proliferen las palabras prohibidas, y el vino de Baco riegue senos, sexo y vida. Que las esquirlas de hielo atrapen la mierda que aflora de tiempos pasados e irriga las llanuras salvajes, y la hagan brillar con su fuego celeste. La rúbrica de la existencia indómita, perpetua, exuberante, y agreste.

Que allí, amanecer y ocaso se confunden en uno, en aurora, y luz y polvo y escarcha convergen en un lienzo de esperanza bajo el bramido de los astros.

Que una bestia mecánica hendió anoche la montaña, y que una luna de plata embebida en bermejo aulló tristezas a los lobos cerúleos. Y que estos rebatieron con la cadencia de los luceros, y amamantaron al batallón de novicios, la postrera progenie del olvido, con la hiel de su canto empíreo, la eternidad, el albumen de la madre tierra; y la calma imperó de nuevo.

Sé que existe. Aunque carezca de himnos y de vírgenes, sé que existe. Que toda cicatriz es perenne en las entrañas de un pueblo de hierro. Que nada perece, salvo la nada, en la memoria de un ser querido.

Aún así, cuando julio gima agosto, despiértame. Sólo entonces, y estaré vivo.

  25 de julio de 2013, Palma de Mallorca

Descansa en paz, Santiago.

El andén de los juguetes rotos

auschwitz

El invierno amaneció de nuevo de gris y tristeza. El sol era apenas un retazo de luz pálida, difuminado tras la ceniza cortina que entretejían las nubes, deshaciendo el cielo en bruma y melancolía.

Bajo la plomiza acuarela celeste, el noveno andén de la estación de Berlín bullía de actividad. Lágrimas contenidas y aparentemente frías pero intensas despedidas se sucedían a lo largo de la plataforma. Familias rotas y amores truncados, adioses amargos constreñidos en el seno de la muerte. Escenas en blanco y negro veladas por el sol de invierno que se alzaba sobre la capital del antiguo continente. Un continente roto por la guerra, oprimido bajo el yugo de un imperio de pólvora y barbarie.

Un grupo de niños de mirada triste atravesaba el andén con diligencia y orden relativos, siguiendo de cerca a un hombre trajeado que miraba al frente, dedicándoles la menor atención posible.

Los más pequeños sonreían, otros simplemente caminaban. Muchos vestían viseras de tela y portaban mochilas a sus espaldas. Uno de ellos enarbolaba un mástil de tamaño considerable, al que iba amarrada una bandera que lucía una estrella de seis puntas color áureo sobre fondo azabache.

Uno a uno, ascendieron por la correosa tabla de madera que conducía al interior del tren, y que amenazaba con venirse abajo en cualquier momento. Uno a uno, tomaron asiento en el vagón que les habían asignado, mientras el estandarte de David flameaba aún en el exterior con las frías y sibilantes embestidas de los vientos del norte.

Cuando le llegó el turno a la última criatura, el encargado de portar la enseña, el hombre que los había guiado a través de la estación agarró esta por el paño y lo arrancó, para acto seguido arrojarlo sobre la vía.

-No volverá a haceros falta –fue cuanto dijo.

Cuando el tren rugió y los engranajes cobraron vida sobre las vías metálicas, las nubes se consumieron en nieve, coloreando de blanco el cielo cinéreo, y con presteza, los copos cubrieron por completo la insignia judía, unos segundos antes de que la locomotora se pusiese en marcha. Sesenta toneladas de hierro marcharon sobre ella, apisonándola hasta quedar reducida a un húmedo y cochambroso harapo de tela, que de nuevo, fue cubierto por la nieve que caía sobre Berlín.

Jacob se sentaba frente a Ana. Tenía doce años, los mismos que él, mirada cobriza e inocente y sonrisa sincera, que a menudo se traducía en una risa cálida como el verano. Su corazón latía inerme a los encantos de lo que a él le parecía la mujer más hermosa de Berlín, pero su mente se hallaba sumida en pensamientos muy distintos.

Su cabeza reposaba contra el frío ventanal del vagón inundándolo de vaho, un cano vapor que remitía con la cadencia de su aliento. Sus vidriosas pupilas azules contemplaban el paisaje nacer y morir a un ritmo sorprendente. A lo lejos, como una mancha en el paisaje, vislumbraba aquel que había sido su hogar.

Su hálito empañó de nuevo la ventana, y su antigua vida se perdió para siempre en la distancia.

Trasladó entonces su atención al interior del tren. Los sueños y esperanzas se vendían baratos en el vagón de los niños, pero él no estaba dispuesto a comerciar con su supuesta inocencia y sus vanos anhelos. Sabía que a la larga el coste sería enorme.

Todos charlaban, dejaban volar su imaginación dilucidando sobre el destino que los aguardaba. Algunos incluso se mostraban optimistas, y discutían sobre si les dejarían o no jugar todos juntos allí a donde iban.

Vio como Ana movía los labios, participando en la conversación. No fue consciente de que se estaba dirigiendo a él hasta que su gesto se torció al no encontrar respuesta alguna a su pregunta.

Tuvo que pedir que se lo repitiese, entre las risas de alguno de sus compañeros.

-¿Tú crees que podremos jugar?

Esta vez lo escuchó a la perfección. La sonrisa triste que compuso como respuesta lo decía todo.

Hacía tiempo que había perdido las ganas de jugar. Su único deseo era que el tren se detuviese, que la columna de humo se deshiciese en el aire y que el ensordecedor toque de bocina enmudeciese para siempre. Quería que las vías ardieran, o que, en su defecto, se retorciesen en el suelo y variasen el rumbo de la locomotora. Quería regresar a casa, o no llegar a su destino, aún no había decidido cuál de los dos era exactamente su deseo, o si no significarían ambas exactamente lo mismo.

Pensó en su familia. Su madre siempre había intentado mantenerlo al margen, no quebrar su inocencia antes de lo necesario. “Es sólo un juego”, le decía. Su padre había sido siempre más contundente. “Si, y nosotros somos los juguetes”, habían sido sus palabras. Cuando le preguntó si era un juego divertido, lo había mirado con seriedad y respondido: “Hijo, a nadie le gusta que jueguen con él, y moriría antes de probar lo que se siente al formar parte del bando jugador”.

La trascendencia con que dotaba a sus palabras y su forma suave pero firme de articularlas siempre le dejaban boquiabierto. Podía pasarse horas escuchándolo sin que la admiración decayese un ápice.

Poco después el juego cambió. Unos hombres se presentaron en su casa cuando la madrugada era aún noche cerrada, y se llevaron a su padre sin responder a ninguna de sus preguntas ni dirigir a su madre, que lloraba rota de dolor en el suelo, ni tan siquiera una palabra.

Vivían en un sexto piso, y las paredes ni eran gruesas ni habían sido bien construidas, por lo que pudo oír el llanto de más mujeres a lo largo de la noche. Esposas, hermanas, madres e hijas. Pudo escuchar a Ana llorar por su padre, probablemente abrazada a su abuela. También lloraron los niños, pero no lo hicieron los hombres a los que se llevaron. Trataron de permanecer valientes para sus familias, aunque sabían que no serviría de nada.

A la mañana siguiente, su madre le dijo aún con lágrimas en los ojos que conocía el lugar al que se habían llevado a su padre, y que debía reunirse con él. Se despidió con un beso, y descendió los dieciocho metros que los separaban de la calle de un salto, desde la única ventana de la casa. Desde la misma ventana pudo ver como su sangre bañaba el frío empedrado sobre el que se erigía el barrio judío de Berlín.

Poco después un hombre alemán, de los altos y rubios, los de ojos claros, aquellos que renegaban de Yahveh y adoraban al dios de la guerra, lo había llevado junto a los demás niños, y le había dicho que partiría a un nuevo hogar junto a ellos al día siguiente.

Y allí estaba. Frente a Ana, deseando que el tren se detuviese mientras buscaba la forma más adecuada de materializar sus pensamientos. Pero su mirada profunda y su triste sonrisa lo decían todo. Así que se ahorró sus palabras. “Jugaremos, pero para cuando el juego empiece, no creo que a ninguno nos queden ganas de hacerlo.”

El tren proseguía su marcha, imperturbable. Las ruedas de la bestia de hierro y carbón se ensañaban con las vías, arrancando a estas un chirrido metálico que rugía bajo la estridente bocina. Con insondable celeridad, la locomotora encauzaba su curso hacia el campo de Sachsenhausen, y los últimos vestigios de humanidad alemana, enterrados bajo un paisaje de nieve y plomo, semejaban disiparse a sus espaldas, para dar paso a un lúgubre horizonte que auguraba, para los más pequeños, una navidad de sombras.

Descendieron uno a uno, tal y como habían subido. Caminaron todos juntos, en dirección a las instalaciones alemanas, escoltados por un número considerable de militares arios.

Cuando quedaba ya poco para alcanzar el complejo, Jacob se detuvo. Se negaba a dar un paso más. Se negaba a participar ni tan solo un segundo más de aquel juego cruel y ridículo.

Uno de los militares lo apuntó con un arma, y le habló alzando la voz.

-¿Qué crees que estás haciendo?

Con un tono infantil rebosante de candidez, se dirigió a él, haciendo caso omiso a su pregunta.

-He oído que Hitler es malo.

-¿Quién te ha dicho eso? –obtuvo como réplica, con cierta ironía y enfado contenido.

-Nadie, pero todo el mundo lo sabe.

La exigua paciencia del hombre dio paso a una enrojecida faz que se configuraba como el preludio de un brutal acceso de ira.

El revuelo atrajo a más hombres armados.

-También he oído que ustedes no son malos, que solo siguen órdenes –continuó Jacob antes de que lo hiciese su enojadizo interlocutor.

– ¿Si, y quién te ha dicho eso? –vociferó.

-Nadie, mi inocencia de niño así lo cree –hizo una pausa-. Y aunque sea mentira, es una mentira necesaria para que la humanidad sobreviva a esta guerra.

Había sentenciado su suerte al comenzar a hablar, pero supo que esas habían sido sus últimas palabras.

-Necesaria o no, es una puta mentira.

Ante un público estupefacto por el inesperado espectáculo, y la mirada de terror de un ingenuo grupo de niños, al menos diez armas se elevaron, encañonando al imberbe pero maduro crío que se había atrevido a desafiar las normas del juego nazi.

Los reveses y desencantos que la vida le había escupido a la cara a tan temprana edad, hacían que su alma se hubiese endurecido, y la semilla que su padre le había inculcado desde pequeño, había arraigado con fuerza en su interior, una rúbrica de humanidad y justicia que lo impulsaba a rebelarse contra todo lo que suponía el tercer Reich alemán, el más cruento y mezquino de la historia.

El celuloide de su exigua felicidad se accionó entonces, e hizo que sus entrañas se retorciesen en un torbellino de emociones encontradas. Abrazó la muerte con temor, y la besó con rabia y dulzura. Todos los recuerdos que Ana y él habían compartido se pasearon por su mente. Deseó que su estancia en el infierno fuese tan breve como la suya.

La metralla se instaló en su pecho casi a la vez que el estruendo de los disparos desgarraba sus frágiles tímpanos.

Al menos, pensó antes de caer muerto sobre un manto de nieve sucia, nadie jugaría con un juguete roto.

Fue cuando ya yacía sobre el suelo, y diez pares de robustas botas de militar ya habían marchado sobre él, pisoteando, junto con cada rincón de su cuerpo, la poca dignidad que le restaba, cuando una repentina nevada se empecinó en teñir de blanco su endeble cadáver.