Nunca me dejes ir

Bajo mis pies desnudos el acantilado se yergue impávido seccionando el crepúsculo, alzándose sobre los pliegues azures del piélago, que cobijan los cárdenos y rojizos de la puesta de sol y refulgen al desdoblarse el vasto océano contra la escarpada bahía de roca cetrina. Tiento el vacío, y la gravedad se hace tangible, y el ocaso, penumbra, y mi cuerpo hiende el agua.

Mi dermis centellea alabares y escarcha, la fría caricia del miedo, del miedo a la muerte, del miedo a la vida, y los brazos del océano, los sargazos y el salitre besan mi cuerpo con firmeza y me bojean, arrastrándome hacia las profundidades, silente e inexorablemente. No me dejes ir nunca. La luna fracturada en el espejo marino, el eco de las olas al morir en la fragosa bahía, retumbando en las paredes de la catedral pelágica, rasgando con su espuma los añiles. El abrazo del océano mece mis entrañas, los quejidos del oleaje excitan mi humanidad penitente, el cielo de las almas heresiarcas, dulce término para mi psique blasfemo, farsante. Nunca me dejes ir, nunca.

Dios de los perjuros, hazme el amor sobre la arena albariza, maneja los hilos que oprimen mis miembros como sólo tú sabes, consume con tus labios el oxígeno que necesito para prolongar mi sufrimiento, y reniega de mí, pues siempre he predicado tus calumnias con fervor, siempre he tenido fe en tu ubicuidad en los emporios de lo humano, siempre he combatido tenaz el vil fundado fornicio, así que bautiza con estas malditas aguas salobres mis arterias, arrebata de nuevo a tu progenie el hediondo aliento de la muerte en vida, haz de las corrientes de deriva mi calvario, que la marea cercene mi cráneo contra el lecho de coral rubicundo.

Oh Padrenuestro, dios de los pudientes, los injustos, deshonestos, altoprotector de los tiranos, de la raza aria, de los albos, sumo monarca de la Inquisición otrora Santa, oh morbo, verbo hecho carne, oh desidia, sempiterna consorte, concededme la libertad de vuestro credo, tornad en náyade mi alma y dejad que abjure y se abandone al álveo de la vía láctea que arropan los pliegues azures del piélago, hasta que los eones deshagan mi cadáver y el holocausto boreal corrompa mis putrefactos restos, porque ya no alcanzo a mantener el ritmo de tus devotos comediantes, y me he ganado a pulso morir en brazos del océano.

Inspirado en “Never  let me go” de Florence + The Machine

Riazor

Y la gravedad se hace tangible. Como un celuloide proyectado a contraluz sobre el crepúsculo, bizarros comediantes ascienden mientras se pasean por sus vidas, parásitos del morbo, con diligencia trepidante, convulsa, el grotesco esperpento del proletariado del siglo XXI, y ríen y beben y se arrastran por un puñado de vidas ajenas, y beben y follan y ¡gol! y beben y botellas vacías se hacinan en el filme que nubla el horizonte, hasta que un coloso de vidrio, alcohol e ironía se yergue y se caga en la puta madre de todo ser humano, y en todos sus putos padres, y en las putas madres de tanto puto humano. Atroz alegoría del futuro al que nos hemos sentenciado, juez, jurado y verdugo, y la maza ya ha caído, con nervio hercúleo nos hemos aferrado a ella hasta que exhausta, se ha desplomado, y ahora se bate contra querellante y procesado, que son uno mismo, que somos todos, y las entrañas del planeta se estremecen. Todos cómplices de la porquería que llueve sobre nuestras cabezas, escupimos al suelo sin darnos cuenta de que era a nosotros mismos a quienes escupíamos, olvidamos que éramos polvo condenado a regresar al polvo (“¡Memento homo!”), y no dejamos más huella sobre éste que un grabado de violencia y porno barato y semanarios de cuarta en oda a todo lo anterior y a la bulimia y a la corrupción y al dólar. ¡Qué dios bendiga a América! ¡Qué vivan Playboy y Coca-Cola! Y que viva la zorra de la desidia, nada puede cambiar, y desenfreno, sigamos, podemos, todo sea por los goles, todo sea por un generoso par de pechos sintéticos y una buena mamada en algún garito que hieda a vómito, y que nos meen encima si quieren, nada puede ser cambiado, hacia delante, con más ímpetu, que arda todo lo pasado, que quede sólo la lascivia. Y nadie llega. El fin de mes cruza las piernas y encañona a todo pervertido que se atreva siquiera a planteárselo. Que arda el Partenón del occidente hasta sus cimientos, muerte a todo, que todo muera. Muerte a los corruptos, muerte a la Iglesia pedófila, muerte a la segregación, a la guerra, a las hambrunas, y alguien grita ¡gol!, y la desidia se descojona en nuestra puta cara y nos escupe, y hace añicos su laureola de monarca y se folla a dios y la hacemos nuestra diosa. Y el crepúsculo se hace noche, y mi cuerpo hiende el agua.

Ni una sola lágrima. Que mi lápida sea tan sólo una carcajada más en esta vacua y jodida comedia, la podredumbre que vertebra la marea negra que me ahoga en Riazor. Que la tormenta enjugue sus azures, que no malgaste su llanto. Dejo atrás la muerte.