Walking dead beyond the wall (and winter is coming)

winter_is_coming_by_beymen0-d5ixmf0 (640x449) (460x323)

Se acerca el invierno. El corazón me palpita frenético, y casi alcanzo a escuchar el tuyo bombeando, bajo los bramidos que profieren a nuestra espalda los pútridos caminantes blancos, lindando la euforia, abrazando el éxtasis místico. Los miembros que les restan desgarrados, la piel entre pálida y cerúlea, hecha jirones, los menos a caballo, los relinchos roncos y los huesos recubiertos de escarcha al descubierto. Agarras mi mano. Los guantes de azabache se entrecruzan, y nuestras capas como sombras en la noche se aferran la una a la otra en un abrazo de bruma.

Los búhos ululan nerviosos. Les estremece el hedor de la muerte. Las huestes de la invernada nos alcanzan, puedo sentir su pérfido aliento en la nuca, se tropiezan los unos con los otros, caen y vuelven a alzarse, persistentes en su caza, blandiendo  desde ramas hasta agujas y mazas forjadas en la lejana Valyria, en tiempos de la Danza de Dragones. En mala hora somos presa, blanco de un millar de ojos desencajados. Los dos, otrora cuervos, cazadores en la noche. Hombres juramentados entregados al sacramento del honor, guardianes de los siete reinos, escudo contra la Noche Eterna, roca que hiende y deshace las altas tormentas. No tengas miedo, intento decirte, mis mandíbulas paralizadas por el frío. No tengo miedo, dicen tus ojos fulgiendo arrojo. Pero no se cantan canciones a los necios, así que gimoteas, meas los calzones y apuras una plegaria a tus Viejos Dioses. Los Otros se los lleven, arcianos, rostros sin orejas. Maldito hipócrita, me digo, y derrotado rezo por mi vida.

Y como una tempestad de nieve, frío y acero, el invierno cayó sobre nosotros.

Anuncios

Cuando la muerte gima muerte (II)

He oído que los tanques que apisonan vuestra tierra se excitan cuando su armígero dios les susurra al oído infanticidio, y que son americanos. Que las nubes que oscurecen vuestro cielo manan de las vísceras de uno de tantos perjuros, de uno que gusta de hacerse llamar William Pete, y que son americanas. O rusas. O nuestras. Que cuando llueven, corrompen con su insondable abyección las pétreas efigies arcaicas, y que éstas se yerguen impertérritas mientras su pueblo apenas alcanza a arrastrarse en sus propias heces. Mientras se ahoga en su propio vómito. Y que alguien se folló tan brutalmente la libertad que esta prefirió inmolarse sobre las yermas arenas del desierto antes que ser lapidada por su condición de mujer y violada, que los ojos de un niño fulgieron ilusos al accionar la metralla. Soy un hombre, seré un héroe.

Que el Nilo no corra ensangrentado en vano, que la muerte de Damasco sea algo más que un sinsentido, que tragedia y barbarie sean enxiemplo contra tragedia y barbarie, inyectemos el sarín en vena a la tradición kamikaze de la que mama el pueblo del naciente, antes de escupirles misiles a la cara. Que ni héroes ni cobardes, nunca más.

No hemos aprendido nada. No aprenderemos nunca. Cuando la muerte gima muerte, cuando los vientos del saliente silben agónicos las arpaduras del tercer invierno del mundo, la muerte en vida seguirá su curso, por siempre, hasta que el último hombre haya caído.