Cuando la muerte gima muerte (II)

He oído que los tanques que apisonan vuestra tierra se excitan cuando su armígero dios les susurra al oído infanticidio, y que son americanos. Que las nubes que oscurecen vuestro cielo manan de las vísceras de uno de tantos perjuros, de uno que gusta de hacerse llamar William Pete, y que son americanas. O rusas. O nuestras. Que cuando llueven, corrompen con su insondable abyección las pétreas efigies arcaicas, y que éstas se yerguen impertérritas mientras su pueblo apenas alcanza a arrastrarse en sus propias heces. Mientras se ahoga en su propio vómito. Y que alguien se folló tan brutalmente la libertad que esta prefirió inmolarse sobre las yermas arenas del desierto antes que ser lapidada por su condición de mujer y violada, que los ojos de un niño fulgieron ilusos al accionar la metralla. Soy un hombre, seré un héroe.

Que el Nilo no corra ensangrentado en vano, que la muerte de Damasco sea algo más que un sinsentido, que tragedia y barbarie sean enxiemplo contra tragedia y barbarie, inyectemos el sarín en vena a la tradición kamikaze de la que mama el pueblo del naciente, antes de escupirles misiles a la cara. Que ni héroes ni cobardes, nunca más.

No hemos aprendido nada. No aprenderemos nunca. Cuando la muerte gima muerte, cuando los vientos del saliente silben agónicos las arpaduras del tercer invierno del mundo, la muerte en vida seguirá su curso, por siempre, hasta que el último hombre haya caído.

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