Donde arden los monstruos

Apaga la revolución de las luces una vez más con la mirada. Que sea la luna la única que fulja ennegrecida tildando de hegemónica oscuridad el firmamento de tus aciagos eones, que esboce la herrumbrosa fachada de la catedral compostelana deshecha en un rosetón de lágrimas de lluvia sobre los pétreos del cadalso.

No te necesito.

Que fulgure en mis yertos azures, esquirlas que erigen los exiguos remanentes de mi entereza en una mirada de desafío, y avive su ingente gelidez para saberme inerme pero nunca rota. Avívela cuando estos barran la vanguardia enemiga con desafío. E incendie, con el lóbrego bermejo de mi heráldica, los arbotantes que arman firmes, sobre los cimientos del fervor, los mohosos engranajes del monstruo de piedra y cristales que se yergue ante mí como un bombardero enajenado en su fanatismo.

Y cada pragmática certeza se derrumba ante la colosal envergadura de la muerte, pende de hilos de locura y gime exhortando su término. Destrucción que golpee el réprobo acervo de mis libertarias y ya pretéritas creencias con rabia lacónica.

Te necesito.

Padre, por tu gracia me arrodillo sobre el vómito de cuantos hubieron de precederme, aquellos que no callaron, los vencidos, que confieso en mi desnudez ensangrentada que mi humillación es legítima, adecuada. Que nací mujer, y crecí bruja, lasciva y heresiarca. Con la derecha sobre el Malleus Maleficarum sépame cada uno de tus torcidos renglones madre de peste y usura, herética la progenie de desolación y muerte que fue engendrada en mis entrañas, aquella que azota las arterias de burgo que vertebran estas, nuestras fragas. Genocida y devota súcubo del diablo.

A los pies de vuestra titánica Roca capitulo, en reverencia a vuestra gracia, tribunal de una Inquisición otrora santa, y os suplico que en un último acto de clemencia sentenciéis mi alegoría a la esquirlada. Que prendan las llamas en las morbosas antorchas del vulgo. Permitid que la turba me sostenga la mirada mientras rueda mi cabeza sobre el empedrado y no mi renegrido talle.

No te necesito.

Apaga mi sonrisa con la tuya, porque solo puede ser de esa manera. Porque allí donde la lluvia cae de las estrellas y estas cercenan las pesadillas en seráficos argénteos y esperanza, donde los bramidos de libertad quiebran las oquedades del silencio en las que yacen mi aquelarre y su revuelta y las líneas de tu cuerpo languidecen y convergen en la eternidad; allí donde la luna le hace el amor al horizonte y se paren bastardos de rostro retorcido en psicodelia sin reparos;  allí a donde voy, no trasciende más allá de la ubicuidad de tus emporios. Porque solo nos queda la memoria y esta es tan solo otra sombra que se debe a tus dictados. A los surcos de tus palmas. Tiempo ha que nos arrebataste el resto, y cuán tamaña y tangible, como la indefensión que emergiste en mi pecho, la certidumbre de que escupirás misiles mientras aún te quede aliento, que tus blindados son perpetuas legiones de perfidia, y que por mucho que ardan no iluminarán nunca. Porque las alimentamos en tu nombre. Y ya no importa quién creó a quién, padre, porque somos a semejanza de madre, ambos, padre, dos efigies de la sempiterna cobardía y de la sed de potestad. Y borrachos.

Te necesito.

Consume mis curvas de escarcha con tus flamígeras manos, cartografía las arrugas de mi insurrección con las montaraces llamaradas de tu pubis, sobre el jergón de tu inmundicia, deshaz beso a beso cada una de tus putas aleluyas sobre mis senos turgentes y lacérame los pechos con las fauces, carne de gusanos que creaste para ser violada por decreto. Seamos la granada primigenia, aquella con la que lo empezaste todo, explosionemos el rosetón de la ignominia a nuestro roce, polvo contra polvo, hasta que cada cicatriz de placer que agrieta mi cuerpo se consuma en abnegación y mi vientre ondule con tu espuma.

Y me rendiré a tus pies una vez más, porque te necesito. Como cada zurdo detractor que fusiló Franco, como cada infante que aporrea los gemebundos desagües de la eugenesia. Y rendiré pleitesía a tu monstruo.

Porque estamos condenados, condenados a arder una y otra vez en las convulsas bastillas de la historia. Condenados a ser holocausto, nuclear y de gas ario, y a amanecer victoria mística de un Hitler pantagruélico, exultación de un Apartheid que se reafirma. A abrazarnos al poniente hasta que duela. Porque tú y yo siempre seremos uno. Humanidad. Antípodas de nosotros mismos.

Porque a veces la hipocresía es tremendamente hermosa.

Y por eso confieso mientras las llamas bautizan mis gritos y bailan con los cinéreos de la bruma en la noche de helada, arrodillada y con el corazón latiéndome en el puño, que te amo, Hermano Mayor. Con ciclotímica cordura.

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3 pensamientos en “Donde arden los monstruos

    • Muchísimas gracias! No lo hago, y me encantaría, pero aún me queda muchísimo que aprender y que escribir. Me alegra que te haya gustado, comentarios así siempre animan a seguir adelante.
      Un saludo!!

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