El nacimiento de Afrodita

Inspirado en Sangre en el hombro de Palas, de Alan Moore.

¿Es posible, me pregunto, que haya algo de divino en la selección natural? ¿Qué sea la ingente sombra de Cronos la que todavía se cierne sobre el acervo genético de nuestra especie para, progenie tras progenie, perpetrar su infame propósito?

¿Es acaso posible, siempre me he preguntado, que exista mucho más de animal en lo humano de lo que estamos dispuestos a admitir? ¿Qué nos hayamos dejado engendrar por un falso padre, para contravenir así la voluntad de la naturaleza?

Ahora que Rosenhan parece haber demostrado que cada proyectil de prosaico diagnóstico que se esconde tras las manchas de un test de Roscharch, cada uno de los arbotantes de canónica proporción que arman como una catedral la psique humana, no son más que artificio y acuerdo, un exquisito haz de luces de bohemia abocadas a vestir la carpa del más gemebundo circo de un eterno carnaval azur; sólo puedo sentir como estos últimos años, a los que he dado en llamar pretensión de lo divino, se desmoronan por su propio peso y baten contra las polvorientas estanterías de mi memoria. Desempolvándolas. Dejando que cada recuerdo corra de nuevo libre y fiero.

Y he vuelto de nuevo a los primeros años. A los años de naturaleza y salvajismo. Sin apenas esfuerzo, aún puedo sentir la emoción, tan vívida como si fuese ayer, palpitar en las arrugas de la dermis.

Afuera, en la montaña, sólo nos teníamos los unos a los otros. Entregados al sacramento silvestre, y con el blasón del deber y la aventura por enseña, nos hacíamos a la fronde en los días más fríos del invierno, sobreviviendo a las noches de helada al abrigo de una hoguera. Aunque, cuando arreciaban las tormentas de nieve, nada parecía calentar más que nuestros propios cuerpos.

Sin apenas esfuerzo, aún puedo recordar mi primera noche en el bosque. Pobres imberbes, hijos del verano, los que como yo nos adentramos por primera vez aquel día en el boscaje. No sabíamos nada. Éramos sólo unos niños. Un atajo de críos que lloriqueaban. Abrazados a nuestra escopeta como si se tratase su regio cañón de las faldas de nuestras madres, cuando estas ya habían quedado muy atrás.

No tardamos mucho en descubrir que, cuando el aire se vuelve escarcha y lo sesga todo a su paso, su álgido beso curte al hombre y afila el alma. Que cuando la noche se te echa encima y aún no has cumplido tu cometido, cuando no aciertas a distinguir ni tus propios pasos en la nieve y un aullido hiende la negrura, la esperanza existe tan sólo en los ojos de aquel que decide quién vive y quién muere.

Con el tiempo nos hicimos, cada uno de nosotros, uno más. Descubrimos que había quién prefería hacerlo descalzo, y que muchos se sentían mucho más a gusto haciéndolo con sus propias manos. Mucho más conformes con la cercanía del acero que con la ventajosa distancia que proporciona la metralla. Confieso que incluso yo llegué alguna vez a sucumbir a la tentación de probarlo.

Pero eran otros tiempos. Tiempos en los que el cuerpo aún respondía como sólo lo hace en la juventud. En los que los sentidos, agudizados por la noche, se mantenían en un estado permanente de vigilia. El ulular de un búho en la penumbra era capaz de terminar con el sueño más profundo. El más ínfimo carraspeo de las ramas de los árboles nos sumía a todos en un estadio marcial que parecía formar ya parte de nuestra propia natura. Eran otros tiempos. Siempre en tensión. Siempre en manada.

Solían venir ellos también en manada. Lobos. Descendían la montaña con las primeras embestidas de los vientos de la invernada. Famélicos, se movían rápidos y letales. Apenas vacilaban, y no erraban nunca, ávidos de hendir sus colmillos en nuestro ganado para poder alimentar a sus crías en lo más crudo del invierno.

Tras la matanza regresaban raudos a las cumbres rocosas, donde acostumbraban ocultarse. Entonces comenzaba nuestra caza. Tal vez por instinto, reproducíamos el comportamiento de las bestias. Rumbo a la cima en la que nos aguardaba la gloria que conlleva el deber. O por desgracia, en ocasiones, como un cruento revés de realidad, la muerte.

Siempre acompañadas del temor, nunca este rendido a la cobardía, en la disyuntiva de matar o morir solo cabe una de ambas. Aunque bien es cierto que, en el peor de los casos, siempre podía uno tener a bien salir corriendo.

Y era, sin embargo, imposible no sentir la excitación y el miedo a partes iguales a la hora de entrar en territorio comanche. El temblor al llegar allí donde el postrero remanso del regato muere haciéndole el amor a las estrellas, donde en el día las aguas corren siempre de índigo y violáceo, y en cambio la noche se queda siempre sin luna. Donde, recortados contra el cromatismo empíreo de los astros, erguidos en toda la magnificencia de su eslora, los lobos bailan con el viento sobre sus propios aullidos arpados. Señoreando la espesura.

Allí donde la muerte te huele antes de que tú la huelas a ella. Donde el nihilismo palpita agitado, bajo el estruendo, cuando vislumbras como se arquea su espalda y se erizan sus cabellos mientras sus patas traseras se flexionan, cuando sientes su aliento besándote el rostro y, en el fulgor ennegrecido de sus pupilas, adivinas, pletórica en su desnudez ensangrentada, excelsa, la esperanza.

¿Quién iba a decirnos que aquello que entendíamos como todo cuanto teníamos y tendríamos era apenas un sueño? Yo, desde luego, no hubiese escuchado ni querido escuchar. Habría tachado cualquier advertencia de locura sin ni siquiera planteármelo. Lo que me parece ahora locura es cuán ingenuos fuimos.

Y es que es curioso que, tan entregados como estábamos a nuestra agreste letanía, no tuviésemos en cuenta al predador que la acechaba. Al lobo que es el hombre para el hombre. El propio anacronismo de la persistencia de un álveo vital tan idílico y montaraz, atrapado en medio del pleno apogeo de la era industrial, ya era de por sí una condena a su quiebra. Su propia existencia, siempre en equilibrio sobre hilos de utopía,  implicaba su inminente aniquilación. Y así fue.

El invierno del mundo se cernió sobre nosotros con presteza, como una ingente nube de pólvora. Caímos. Vencidos por la humanidad. Arrollados por el eterno retorno que hace girar los engranajes de la rueda del tiempo. Apisonados por ella, las lascas de piedra que levantó a su paso cubrieron el cielo de sangre, y arrancaron a la tierra un aullido que heló la sangre a los mismos lobos.

Fuimos muchos los que entonces decidimos abandonar el continente y abrirnos paso hacia la tierra prometida. Y fue, en esas circunstancias, en las que vi por primera vez una locomotora. Recuerdo que al encararme con aquellos monstruos de hierro que la guerra parecía llevar a todas partes no pude evitar sentirme intimidado.

Y recuerdo también haberme preguntado, cuando el tren se puso en marcha y arrancó a las vías un rugido metálico, al ver el reflejo del vagón en el vapor escarchado que cubría la ventana, cómo las vías podían soportar semejante tonelaje de tristeza. Y todos los niños que nos creíamos hombres aullamos ese día por el pasado que se nos escapaba de entre las manos y el futuro que se nos prometía demasiado lejos del hogar.

Puede que sean el azar y la fortuna los que arañan nuestras vidas y las emponzoñan con su aliento de borracho. Por mi parte, siempre estaré enormemente agradecido a aquella pareja de ancianos con los que compartía un parentesco cuestionable, y que no dudaron a la hora de acogerme en su rancho en las llanuras de Arizona y tratarme como el hijo que nunca habían tenido.

Decidido a hacer algo de mi vida, compaginé durante años el duro trabajo en el rancho con mis estudios. Mi fascinación por la mente humana me venía de atrás, y no había dejado de crecer. Así pues, no sin esfuerzo y sacrificio, logré entrar en la universidad y, cumpliendo los plazos, obtener el doctorado en psiquiatría.

Lo hice por mí, pero también por ellos. Por mi nueva familia. Había aportado a aquellas personas, ya en el término de su vida, una nueva juventud. Pude verlo en la emoción en sus ojos cuando me entregaron el título. El orgullo que llegaron a sentir por mí aún me encoge el corazón y me lleva a pensar que, en cierto modo, deshonré su memoria al vender aquel que había sido su hogar para trasladarme a la ciudad, donde había conseguido un trabajo como psiquiatra en el FBI.

De pronto estaba tan podrido de pasta como Scrooge McPato. Y como nunca me había sobrado, no tenía ni la más remota idea de qué hacer con ella.

Al principio, mi trabajo me absorbió por completo. Determinar la cordura de un asesino, penetrar en los entresijos de su mente y concluir su culpa o su demencia, tiene algo de grandeza y trascendencia. El sabor que deja entre los labios una labor propia de  Ozymandias, y que ejercía sobre mí una atracción tan abrumadora que me impedía abandonarlo. Y así, mi fortuna siguió creciendo.

Mientras tanto, mis colegas intentaban desesperados que rindiese alguna de mis noches a la vorágine de la gran ciudad. No diré que no me hice de rogar, pero, con el paso de los años, terminé por ceder. Incluso llegué a convertirme en asiduo de las veladas más exquisitas de la alta sociedad. Durante estos últimos años, demasiados quizá, así ha continuado siendo.

Pero no me es posible, ahora, no sentir que me he perdido a mí mismo en alguna parte del camino. Y me embarga la necesidad de regresar una vez más a la tierra en la que me críe. Por más que lo intento no puedo dejar de cuestionarme, ahora que Rosenhan ha entrado en juego, que ¿quién soy yo para juzgar si alguien merece seguir respirando o expirar encumbrado en un trono de electrodos? ¿Quién para jugar a ser empíreo, omnipotente?

Es así que, sólo ahora, creo haber comprendido que la verdadera riqueza no son los doblones de oro que he reunido a lo largo de este tiempo. Sólo ahora creo haber alcanzado la verdad acerca de la vida.

¿No será la riqueza aquello que nos queda cuando prescindimos de todo lo material? ¿Aquello que resta cuando nos deshacemos de cuanto hoy llamamos riqueza?

Mi riqueza son mis memorias. Todo cuanto he vivido, los extraños en el camino y el viaje en sí mismo. Mi riqueza es una manada de lobos en la noche, y un beso en el verano, arropado por el arroyo. La sonrisa de madre y la floresta, intangible desde la cima nevada.

Tan contrarios, aquellos anocheceres de entrega estival en la adolescencia, a lo demoledor y artificial de la misma noche que acaba una y otra vez sobre una deshecha cualquiera del Chelsea.

Tan contrarias estas últimas a la riqueza primitiva, cuando, vasallos de nuestra ceremonia tribal, éramos capaces de componer la granada primigenia. Capaces de, en un latido llameante, engendrar vida, y explosionar la nada.

Después de tantos años, después de tantas bestias vencidas, la hidra cuenta con demasiadas cabezas esta vez. Es ya ineludible para mí la decisión de renunciar. De renunciar a todo y volver así, al menos una última vez, a probar en mis propias carnes la emoción de la aventura. Observar una última vez a un lobo en la distancia y poder detenerme a admirarlo.

Contemplar con asombro que, las zarpas que sesgan la hierba en briznas que se lleva el viento, debieron una vez dejar sus huellas, como las de los últimos grandes huargos, en las nieves de las montañas que se yerguen mucho Más-Allá-del-Muro. Volver a imaginar que las mamas que penden supurantes de su pecho debieron amamantar una vez, como las de Luperca, la misma civilización. Que hubo un tiempo en que sus fauces hubieron de rasgar la tierra batida y el cielo y, como los de Fenrir, sus marfiles debieron fulgurar sangre en la oscuridad del Ragnarok.

Y a pesar de todo, algo en mi subconsciente me obliga a medir mis palabras. Algo me advierte de que quizá me esté dejando llevar por la nostalgia.

Y es que no puedo evitar recordar que, aquellas lejanas noches de invierno, siempre había alguna madre que derramaba lágrimas al no saber si volvería a ver a sus cachorros. Siempre había algún amigo al que decir adiós.

Porque cuando monteábamos a las bestias sin plantearnos la moral, únicamente los hechos, guiados por el instinto, éramos lobos. Porque cuando, al darles muerte, la sangre resbalaba por su vientre, era imposible no sentir su reflejo fulgiendo en lo más profundo de nuestras propias pupilas. El fulgor del bermejo espumante del que una vez se debió erguir, tal y como otrora hizo Afrodita, la esperanza.