El nacimiento de Afrodita

Inspirado en Sangre en el hombro de Palas, de Alan Moore.

¿Es posible, me pregunto, que haya algo de divino en la selección natural? ¿Qué sea la ingente sombra de Cronos la que todavía se cierne sobre el acervo genético de nuestra especie para, progenie tras progenie, perpetrar su infame propósito?

¿Es acaso posible, siempre me he preguntado, que exista mucho más de animal en lo humano de lo que estamos dispuestos a admitir? ¿Qué nos hayamos dejado engendrar por un falso padre, para contravenir así la voluntad de la naturaleza?

Ahora que Rosenhan parece haber demostrado que cada proyectil de prosaico diagnóstico que se esconde tras las manchas de un test de Roscharch, cada uno de los arbotantes de canónica proporción que arman como una catedral la psique humana, no son más que artificio y acuerdo, un exquisito haz de luces de bohemia abocadas a vestir la carpa del más gemebundo circo de un eterno carnaval azur; sólo puedo sentir como estos últimos años, a los que he dado en llamar pretensión de lo divino, se desmoronan por su propio peso y baten contra las polvorientas estanterías de mi memoria. Desempolvándolas. Dejando que cada recuerdo corra de nuevo libre y fiero.

Y he vuelto de nuevo a los primeros años. A los años de naturaleza y salvajismo. Sin apenas esfuerzo, aún puedo sentir la emoción, tan vívida como si fuese ayer, palpitar en las arrugas de la dermis.

Afuera, en la montaña, sólo nos teníamos los unos a los otros. Entregados al sacramento silvestre, y con el blasón del deber y la aventura por enseña, nos hacíamos a la fronde en los días más fríos del invierno, sobreviviendo a las noches de helada al abrigo de una hoguera. Aunque, cuando arreciaban las tormentas de nieve, nada parecía calentar más que nuestros propios cuerpos.

Sin apenas esfuerzo, aún puedo recordar mi primera noche en el bosque. Pobres imberbes, hijos del verano, los que como yo nos adentramos por primera vez aquel día en el boscaje. No sabíamos nada. Éramos sólo unos niños. Un atajo de críos que lloriqueaban. Abrazados a nuestra escopeta como si se tratase su regio cañón de las faldas de nuestras madres, cuando estas ya habían quedado muy atrás.

No tardamos mucho en descubrir que, cuando el aire se vuelve escarcha y lo sesga todo a su paso, su álgido beso curte al hombre y afila el alma. Que cuando la noche se te echa encima y aún no has cumplido tu cometido, cuando no aciertas a distinguir ni tus propios pasos en la nieve y un aullido hiende la negrura, la esperanza existe tan sólo en los ojos de aquel que decide quién vive y quién muere.

Con el tiempo nos hicimos, cada uno de nosotros, uno más. Descubrimos que había quién prefería hacerlo descalzo, y que muchos se sentían mucho más a gusto haciéndolo con sus propias manos. Mucho más conformes con la cercanía del acero que con la ventajosa distancia que proporciona la metralla. Confieso que incluso yo llegué alguna vez a sucumbir a la tentación de probarlo.

Pero eran otros tiempos. Tiempos en los que el cuerpo aún respondía como sólo lo hace en la juventud. En los que los sentidos, agudizados por la noche, se mantenían en un estado permanente de vigilia. El ulular de un búho en la penumbra era capaz de terminar con el sueño más profundo. El más ínfimo carraspeo de las ramas de los árboles nos sumía a todos en un estadio marcial que parecía formar ya parte de nuestra propia natura. Eran otros tiempos. Siempre en tensión. Siempre en manada.

Solían venir ellos también en manada. Lobos. Descendían la montaña con las primeras embestidas de los vientos de la invernada. Famélicos, se movían rápidos y letales. Apenas vacilaban, y no erraban nunca, ávidos de hendir sus colmillos en nuestro ganado para poder alimentar a sus crías en lo más crudo del invierno.

Tras la matanza regresaban raudos a las cumbres rocosas, donde acostumbraban ocultarse. Entonces comenzaba nuestra caza. Tal vez por instinto, reproducíamos el comportamiento de las bestias. Rumbo a la cima en la que nos aguardaba la gloria que conlleva el deber. O por desgracia, en ocasiones, como un cruento revés de realidad, la muerte.

Siempre acompañadas del temor, nunca este rendido a la cobardía, en la disyuntiva de matar o morir solo cabe una de ambas. Aunque bien es cierto que, en el peor de los casos, siempre podía uno tener a bien salir corriendo.

Y era, sin embargo, imposible no sentir la excitación y el miedo a partes iguales a la hora de entrar en territorio comanche. El temblor al llegar allí donde el postrero remanso del regato muere haciéndole el amor a las estrellas, donde en el día las aguas corren siempre de índigo y violáceo, y en cambio la noche se queda siempre sin luna. Donde, recortados contra el cromatismo empíreo de los astros, erguidos en toda la magnificencia de su eslora, los lobos bailan con el viento sobre sus propios aullidos arpados. Señoreando la espesura.

Allí donde la muerte te huele antes de que tú la huelas a ella. Donde el nihilismo palpita agitado, bajo el estruendo, cuando vislumbras como se arquea su espalda y se erizan sus cabellos mientras sus patas traseras se flexionan, cuando sientes su aliento besándote el rostro y, en el fulgor ennegrecido de sus pupilas, adivinas, pletórica en su desnudez ensangrentada, excelsa, la esperanza.

¿Quién iba a decirnos que aquello que entendíamos como todo cuanto teníamos y tendríamos era apenas un sueño? Yo, desde luego, no hubiese escuchado ni querido escuchar. Habría tachado cualquier advertencia de locura sin ni siquiera planteármelo. Lo que me parece ahora locura es cuán ingenuos fuimos.

Y es que es curioso que, tan entregados como estábamos a nuestra agreste letanía, no tuviésemos en cuenta al predador que la acechaba. Al lobo que es el hombre para el hombre. El propio anacronismo de la persistencia de un álveo vital tan idílico y montaraz, atrapado en medio del pleno apogeo de la era industrial, ya era de por sí una condena a su quiebra. Su propia existencia, siempre en equilibrio sobre hilos de utopía,  implicaba su inminente aniquilación. Y así fue.

El invierno del mundo se cernió sobre nosotros con presteza, como una ingente nube de pólvora. Caímos. Vencidos por la humanidad. Arrollados por el eterno retorno que hace girar los engranajes de la rueda del tiempo. Apisonados por ella, las lascas de piedra que levantó a su paso cubrieron el cielo de sangre, y arrancaron a la tierra un aullido que heló la sangre a los mismos lobos.

Fuimos muchos los que entonces decidimos abandonar el continente y abrirnos paso hacia la tierra prometida. Y fue, en esas circunstancias, en las que vi por primera vez una locomotora. Recuerdo que al encararme con aquellos monstruos de hierro que la guerra parecía llevar a todas partes no pude evitar sentirme intimidado.

Y recuerdo también haberme preguntado, cuando el tren se puso en marcha y arrancó a las vías un rugido metálico, al ver el reflejo del vagón en el vapor escarchado que cubría la ventana, cómo las vías podían soportar semejante tonelaje de tristeza. Y todos los niños que nos creíamos hombres aullamos ese día por el pasado que se nos escapaba de entre las manos y el futuro que se nos prometía demasiado lejos del hogar.

Puede que sean el azar y la fortuna los que arañan nuestras vidas y las emponzoñan con su aliento de borracho. Por mi parte, siempre estaré enormemente agradecido a aquella pareja de ancianos con los que compartía un parentesco cuestionable, y que no dudaron a la hora de acogerme en su rancho en las llanuras de Arizona y tratarme como el hijo que nunca habían tenido.

Decidido a hacer algo de mi vida, compaginé durante años el duro trabajo en el rancho con mis estudios. Mi fascinación por la mente humana me venía de atrás, y no había dejado de crecer. Así pues, no sin esfuerzo y sacrificio, logré entrar en la universidad y, cumpliendo los plazos, obtener el doctorado en psiquiatría.

Lo hice por mí, pero también por ellos. Por mi nueva familia. Había aportado a aquellas personas, ya en el término de su vida, una nueva juventud. Pude verlo en la emoción en sus ojos cuando me entregaron el título. El orgullo que llegaron a sentir por mí aún me encoge el corazón y me lleva a pensar que, en cierto modo, deshonré su memoria al vender aquel que había sido su hogar para trasladarme a la ciudad, donde había conseguido un trabajo como psiquiatra en el FBI.

De pronto estaba tan podrido de pasta como Scrooge McPato. Y como nunca me había sobrado, no tenía ni la más remota idea de qué hacer con ella.

Al principio, mi trabajo me absorbió por completo. Determinar la cordura de un asesino, penetrar en los entresijos de su mente y concluir su culpa o su demencia, tiene algo de grandeza y trascendencia. El sabor que deja entre los labios una labor propia de  Ozymandias, y que ejercía sobre mí una atracción tan abrumadora que me impedía abandonarlo. Y así, mi fortuna siguió creciendo.

Mientras tanto, mis colegas intentaban desesperados que rindiese alguna de mis noches a la vorágine de la gran ciudad. No diré que no me hice de rogar, pero, con el paso de los años, terminé por ceder. Incluso llegué a convertirme en asiduo de las veladas más exquisitas de la alta sociedad. Durante estos últimos años, demasiados quizá, así ha continuado siendo.

Pero no me es posible, ahora, no sentir que me he perdido a mí mismo en alguna parte del camino. Y me embarga la necesidad de regresar una vez más a la tierra en la que me críe. Por más que lo intento no puedo dejar de cuestionarme, ahora que Rosenhan ha entrado en juego, que ¿quién soy yo para juzgar si alguien merece seguir respirando o expirar encumbrado en un trono de electrodos? ¿Quién para jugar a ser empíreo, omnipotente?

Es así que, sólo ahora, creo haber comprendido que la verdadera riqueza no son los doblones de oro que he reunido a lo largo de este tiempo. Sólo ahora creo haber alcanzado la verdad acerca de la vida.

¿No será la riqueza aquello que nos queda cuando prescindimos de todo lo material? ¿Aquello que resta cuando nos deshacemos de cuanto hoy llamamos riqueza?

Mi riqueza son mis memorias. Todo cuanto he vivido, los extraños en el camino y el viaje en sí mismo. Mi riqueza es una manada de lobos en la noche, y un beso en el verano, arropado por el arroyo. La sonrisa de madre y la floresta, intangible desde la cima nevada.

Tan contrarios, aquellos anocheceres de entrega estival en la adolescencia, a lo demoledor y artificial de la misma noche que acaba una y otra vez sobre una deshecha cualquiera del Chelsea.

Tan contrarias estas últimas a la riqueza primitiva, cuando, vasallos de nuestra ceremonia tribal, éramos capaces de componer la granada primigenia. Capaces de, en un latido llameante, engendrar vida, y explosionar la nada.

Después de tantos años, después de tantas bestias vencidas, la hidra cuenta con demasiadas cabezas esta vez. Es ya ineludible para mí la decisión de renunciar. De renunciar a todo y volver así, al menos una última vez, a probar en mis propias carnes la emoción de la aventura. Observar una última vez a un lobo en la distancia y poder detenerme a admirarlo.

Contemplar con asombro que, las zarpas que sesgan la hierba en briznas que se lleva el viento, debieron una vez dejar sus huellas, como las de los últimos grandes huargos, en las nieves de las montañas que se yerguen mucho Más-Allá-del-Muro. Volver a imaginar que las mamas que penden supurantes de su pecho debieron amamantar una vez, como las de Luperca, la misma civilización. Que hubo un tiempo en que sus fauces hubieron de rasgar la tierra batida y el cielo y, como los de Fenrir, sus marfiles debieron fulgurar sangre en la oscuridad del Ragnarok.

Y a pesar de todo, algo en mi subconsciente me obliga a medir mis palabras. Algo me advierte de que quizá me esté dejando llevar por la nostalgia.

Y es que no puedo evitar recordar que, aquellas lejanas noches de invierno, siempre había alguna madre que derramaba lágrimas al no saber si volvería a ver a sus cachorros. Siempre había algún amigo al que decir adiós.

Porque cuando monteábamos a las bestias sin plantearnos la moral, únicamente los hechos, guiados por el instinto, éramos lobos. Porque cuando, al darles muerte, la sangre resbalaba por su vientre, era imposible no sentir su reflejo fulgiendo en lo más profundo de nuestras propias pupilas. El fulgor del bermejo espumante del que una vez se debió erguir, tal y como otrora hizo Afrodita, la esperanza.

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Donde arden los monstruos

Apaga la revolución de las luces una vez más con la mirada. Que sea la luna la única que fulja ennegrecida tildando de hegemónica oscuridad el firmamento de tus aciagos eones, que esboce la herrumbrosa fachada de la catedral compostelana deshecha en un rosetón de lágrimas de lluvia sobre los pétreos del cadalso.

No te necesito.

Que fulgure en mis yertos azures, esquirlas que erigen los exiguos remanentes de mi entereza en una mirada de desafío, y avive su ingente gelidez para saberme inerme pero nunca rota. Avívela cuando estos barran la vanguardia enemiga con desafío. E incendie, con el lóbrego bermejo de mi heráldica, los arbotantes que arman firmes, sobre los cimientos del fervor, los mohosos engranajes del monstruo de piedra y cristales que se yergue ante mí como un bombardero enajenado en su fanatismo.

Y cada pragmática certeza se derrumba ante la colosal envergadura de la muerte, pende de hilos de locura y gime exhortando su término. Destrucción que golpee el réprobo acervo de mis libertarias y ya pretéritas creencias con rabia lacónica.

Te necesito.

Padre, por tu gracia me arrodillo sobre el vómito de cuantos hubieron de precederme, aquellos que no callaron, los vencidos, que confieso en mi desnudez ensangrentada que mi humillación es legítima, adecuada. Que nací mujer, y crecí bruja, lasciva y heresiarca. Con la derecha sobre el Malleus Maleficarum sépame cada uno de tus torcidos renglones madre de peste y usura, herética la progenie de desolación y muerte que fue engendrada en mis entrañas, aquella que azota las arterias de burgo que vertebran estas, nuestras fragas. Genocida y devota súcubo del diablo.

A los pies de vuestra titánica Roca capitulo, en reverencia a vuestra gracia, tribunal de una Inquisición otrora santa, y os suplico que en un último acto de clemencia sentenciéis mi alegoría a la esquirlada. Que prendan las llamas en las morbosas antorchas del vulgo. Permitid que la turba me sostenga la mirada mientras rueda mi cabeza sobre el empedrado y no mi renegrido talle.

No te necesito.

Apaga mi sonrisa con la tuya, porque solo puede ser de esa manera. Porque allí donde la lluvia cae de las estrellas y estas cercenan las pesadillas en seráficos argénteos y esperanza, donde los bramidos de libertad quiebran las oquedades del silencio en las que yacen mi aquelarre y su revuelta y las líneas de tu cuerpo languidecen y convergen en la eternidad; allí donde la luna le hace el amor al horizonte y se paren bastardos de rostro retorcido en psicodelia sin reparos;  allí a donde voy, no trasciende más allá de la ubicuidad de tus emporios. Porque solo nos queda la memoria y esta es tan solo otra sombra que se debe a tus dictados. A los surcos de tus palmas. Tiempo ha que nos arrebataste el resto, y cuán tamaña y tangible, como la indefensión que emergiste en mi pecho, la certidumbre de que escupirás misiles mientras aún te quede aliento, que tus blindados son perpetuas legiones de perfidia, y que por mucho que ardan no iluminarán nunca. Porque las alimentamos en tu nombre. Y ya no importa quién creó a quién, padre, porque somos a semejanza de madre, ambos, padre, dos efigies de la sempiterna cobardía y de la sed de potestad. Y borrachos.

Te necesito.

Consume mis curvas de escarcha con tus flamígeras manos, cartografía las arrugas de mi insurrección con las montaraces llamaradas de tu pubis, sobre el jergón de tu inmundicia, deshaz beso a beso cada una de tus putas aleluyas sobre mis senos turgentes y lacérame los pechos con las fauces, carne de gusanos que creaste para ser violada por decreto. Seamos la granada primigenia, aquella con la que lo empezaste todo, explosionemos el rosetón de la ignominia a nuestro roce, polvo contra polvo, hasta que cada cicatriz de placer que agrieta mi cuerpo se consuma en abnegación y mi vientre ondule con tu espuma.

Y me rendiré a tus pies una vez más, porque te necesito. Como cada zurdo detractor que fusiló Franco, como cada infante que aporrea los gemebundos desagües de la eugenesia. Y rendiré pleitesía a tu monstruo.

Porque estamos condenados, condenados a arder una y otra vez en las convulsas bastillas de la historia. Condenados a ser holocausto, nuclear y de gas ario, y a amanecer victoria mística de un Hitler pantagruélico, exultación de un Apartheid que se reafirma. A abrazarnos al poniente hasta que duela. Porque tú y yo siempre seremos uno. Humanidad. Antípodas de nosotros mismos.

Porque a veces la hipocresía es tremendamente hermosa.

Y por eso confieso mientras las llamas bautizan mis gritos y bailan con los cinéreos de la bruma en la noche de helada, arrodillada y con el corazón latiéndome en el puño, que te amo, Hermano Mayor. Con ciclotímica cordura.

Cuando la muerte gima muerte (II)

He oído que los tanques que apisonan vuestra tierra se excitan cuando su armígero dios les susurra al oído infanticidio, y que son americanos. Que las nubes que oscurecen vuestro cielo manan de las vísceras de uno de tantos perjuros, de uno que gusta de hacerse llamar William Pete, y que son americanas. O rusas. O nuestras. Que cuando llueven, corrompen con su insondable abyección las pétreas efigies arcaicas, y que éstas se yerguen impertérritas mientras su pueblo apenas alcanza a arrastrarse en sus propias heces. Mientras se ahoga en su propio vómito. Y que alguien se folló tan brutalmente la libertad que esta prefirió inmolarse sobre las yermas arenas del desierto antes que ser lapidada por su condición de mujer y violada, que los ojos de un niño fulgieron ilusos al accionar la metralla. Soy un hombre, seré un héroe.

Que el Nilo no corra ensangrentado en vano, que la muerte de Damasco sea algo más que un sinsentido, que tragedia y barbarie sean enxiemplo contra tragedia y barbarie, inyectemos el sarín en vena a la tradición kamikaze de la que mama el pueblo del naciente, antes de escupirles misiles a la cara. Que ni héroes ni cobardes, nunca más.

No hemos aprendido nada. No aprenderemos nunca. Cuando la muerte gima muerte, cuando los vientos del saliente silben agónicos las arpaduras del tercer invierno del mundo, la muerte en vida seguirá su curso, por siempre, hasta que el último hombre haya caído.

Nunca me dejes ir

Bajo mis pies desnudos el acantilado se yergue impávido seccionando el crepúsculo, alzándose sobre los pliegues azures del piélago, que cobijan los cárdenos y rojizos de la puesta de sol y refulgen al desdoblarse el vasto océano contra la escarpada bahía de roca cetrina. Tiento el vacío, y la gravedad se hace tangible, y el ocaso, penumbra, y mi cuerpo hiende el agua.

Mi dermis centellea alabares y escarcha, la fría caricia del miedo, del miedo a la muerte, del miedo a la vida, y los brazos del océano, los sargazos y el salitre besan mi cuerpo con firmeza y me bojean, arrastrándome hacia las profundidades, silente e inexorablemente. No me dejes ir nunca. La luna fracturada en el espejo marino, el eco de las olas al morir en la fragosa bahía, retumbando en las paredes de la catedral pelágica, rasgando con su espuma los añiles. El abrazo del océano mece mis entrañas, los quejidos del oleaje excitan mi humanidad penitente, el cielo de las almas heresiarcas, dulce término para mi psique blasfemo, farsante. Nunca me dejes ir, nunca.

Dios de los perjuros, hazme el amor sobre la arena albariza, maneja los hilos que oprimen mis miembros como sólo tú sabes, consume con tus labios el oxígeno que necesito para prolongar mi sufrimiento, y reniega de mí, pues siempre he predicado tus calumnias con fervor, siempre he tenido fe en tu ubicuidad en los emporios de lo humano, siempre he combatido tenaz el vil fundado fornicio, así que bautiza con estas malditas aguas salobres mis arterias, arrebata de nuevo a tu progenie el hediondo aliento de la muerte en vida, haz de las corrientes de deriva mi calvario, que la marea cercene mi cráneo contra el lecho de coral rubicundo.

Oh Padrenuestro, dios de los pudientes, los injustos, deshonestos, altoprotector de los tiranos, de la raza aria, de los albos, sumo monarca de la Inquisición otrora Santa, oh morbo, verbo hecho carne, oh desidia, sempiterna consorte, concededme la libertad de vuestro credo, tornad en náyade mi alma y dejad que abjure y se abandone al álveo de la vía láctea que arropan los pliegues azures del piélago, hasta que los eones deshagan mi cadáver y el holocausto boreal corrompa mis putrefactos restos, porque ya no alcanzo a mantener el ritmo de tus devotos comediantes, y me he ganado a pulso morir en brazos del océano.

Inspirado en “Never  let me go” de Florence + The Machine

Riazor

Y la gravedad se hace tangible. Como un celuloide proyectado a contraluz sobre el crepúsculo, bizarros comediantes ascienden mientras se pasean por sus vidas, parásitos del morbo, con diligencia trepidante, convulsa, el grotesco esperpento del proletariado del siglo XXI, y ríen y beben y se arrastran por un puñado de vidas ajenas, y beben y follan y ¡gol! y beben y botellas vacías se hacinan en el filme que nubla el horizonte, hasta que un coloso de vidrio, alcohol e ironía se yergue y se caga en la puta madre de todo ser humano, y en todos sus putos padres, y en las putas madres de tanto puto humano. Atroz alegoría del futuro al que nos hemos sentenciado, juez, jurado y verdugo, y la maza ya ha caído, con nervio hercúleo nos hemos aferrado a ella hasta que exhausta, se ha desplomado, y ahora se bate contra querellante y procesado, que son uno mismo, que somos todos, y las entrañas del planeta se estremecen. Todos cómplices de la porquería que llueve sobre nuestras cabezas, escupimos al suelo sin darnos cuenta de que era a nosotros mismos a quienes escupíamos, olvidamos que éramos polvo condenado a regresar al polvo (“¡Memento homo!”), y no dejamos más huella sobre éste que un grabado de violencia y porno barato y semanarios de cuarta en oda a todo lo anterior y a la bulimia y a la corrupción y al dólar. ¡Qué dios bendiga a América! ¡Qué vivan Playboy y Coca-Cola! Y que viva la zorra de la desidia, nada puede cambiar, y desenfreno, sigamos, podemos, todo sea por los goles, todo sea por un generoso par de pechos sintéticos y una buena mamada en algún garito que hieda a vómito, y que nos meen encima si quieren, nada puede ser cambiado, hacia delante, con más ímpetu, que arda todo lo pasado, que quede sólo la lascivia. Y nadie llega. El fin de mes cruza las piernas y encañona a todo pervertido que se atreva siquiera a planteárselo. Que arda el Partenón del occidente hasta sus cimientos, muerte a todo, que todo muera. Muerte a los corruptos, muerte a la Iglesia pedófila, muerte a la segregación, a la guerra, a las hambrunas, y alguien grita ¡gol!, y la desidia se descojona en nuestra puta cara y nos escupe, y hace añicos su laureola de monarca y se folla a dios y la hacemos nuestra diosa. Y el crepúsculo se hace noche, y mi cuerpo hiende el agua.

Ni una sola lágrima. Que mi lápida sea tan sólo una carcajada más en esta vacua y jodida comedia, la podredumbre que vertebra la marea negra que me ahoga en Riazor. Que la tormenta enjugue sus azures, que no malgaste su llanto. Dejo atrás la muerte.

Cuando julio gima agosto

Que las montañas se yerguen contra las estrellas que refulgen día y noche, que con sempiternos fulgores de luz argéntea exhortan: “¡Nunca! ¡Nunca muerte!”. Que reyes, locos, putas y asesinos, la escoria que plaga los vertederos del planeta Tierra, todos prevalecen bajo ellas. Que estas claman enardecidas que el único uniforme sea la carne de gusanos, que la única raza sea la humana, y la única deidad el albedrío. Que todos los pétreos códices con alma de Hammurabi que algunos osados llaman leyes, se deshagan en polvo y vaguen con el viento, y que este silbe libertad. Que morir sea vivir más aprisa, y que cada día sea un triunfo y cada triunfo una proeza. Que ardan hierro-y-piedraviva, que ardan jade-y-plata, que las altotormentas remitan por siempre, el doblepiensa languidezca  inútil, los soñadores tengan cabida, y la hermandad de los hombres renazca.

Que la silvestre letanía de goce y verano prosiga su álveo por siempre, ajena a los gemebundos demonios de la sociedad, que el dolor se abra de piernas a la inocencia y muera entre gemidos de placer, que las únicas lágrimas manen de exabruptos de alegría, que las únicas armas sean los miembros erectos de un ejército de hombría, y que en las márgenes de los ríos proliferen las palabras prohibidas, y el vino de Baco riegue senos, sexo y vida. Que las esquirlas de hielo atrapen la mierda que aflora de tiempos pasados e irriga las llanuras salvajes, y la hagan brillar con su fuego celeste. La rúbrica de la existencia indómita, perpetua, exuberante, y agreste.

Que allí, amanecer y ocaso se confunden en uno, en aurora, y luz y polvo y escarcha convergen en un lienzo de esperanza bajo el bramido de los astros.

Que una bestia mecánica hendió anoche la montaña, y que una luna de plata embebida en bermejo aulló tristezas a los lobos cerúleos. Y que estos rebatieron con la cadencia de los luceros, y amamantaron al batallón de novicios, la postrera progenie del olvido, con la hiel de su canto empíreo, la eternidad, el albumen de la madre tierra; y la calma imperó de nuevo.

Sé que existe. Aunque carezca de himnos y de vírgenes, sé que existe. Que toda cicatriz es perenne en las entrañas de un pueblo de hierro. Que nada perece, salvo la nada, en la memoria de un ser querido.

Aún así, cuando julio gima agosto, despiértame. Sólo entonces, y estaré vivo.

  25 de julio de 2013, Palma de Mallorca

Descansa en paz, Santiago.

El andén de los juguetes rotos

auschwitz

El invierno amaneció de nuevo de gris y tristeza. El sol era apenas un retazo de luz pálida, difuminado tras la ceniza cortina que entretejían las nubes, deshaciendo el cielo en bruma y melancolía.

Bajo la plomiza acuarela celeste, el noveno andén de la estación de Berlín bullía de actividad. Lágrimas contenidas y aparentemente frías pero intensas despedidas se sucedían a lo largo de la plataforma. Familias rotas y amores truncados, adioses amargos constreñidos en el seno de la muerte. Escenas en blanco y negro veladas por el sol de invierno que se alzaba sobre la capital del antiguo continente. Un continente roto por la guerra, oprimido bajo el yugo de un imperio de pólvora y barbarie.

Un grupo de niños de mirada triste atravesaba el andén con diligencia y orden relativos, siguiendo de cerca a un hombre trajeado que miraba al frente, dedicándoles la menor atención posible.

Los más pequeños sonreían, otros simplemente caminaban. Muchos vestían viseras de tela y portaban mochilas a sus espaldas. Uno de ellos enarbolaba un mástil de tamaño considerable, al que iba amarrada una bandera que lucía una estrella de seis puntas color áureo sobre fondo azabache.

Uno a uno, ascendieron por la correosa tabla de madera que conducía al interior del tren, y que amenazaba con venirse abajo en cualquier momento. Uno a uno, tomaron asiento en el vagón que les habían asignado, mientras el estandarte de David flameaba aún en el exterior con las frías y sibilantes embestidas de los vientos del norte.

Cuando le llegó el turno a la última criatura, el encargado de portar la enseña, el hombre que los había guiado a través de la estación agarró esta por el paño y lo arrancó, para acto seguido arrojarlo sobre la vía.

-No volverá a haceros falta –fue cuanto dijo.

Cuando el tren rugió y los engranajes cobraron vida sobre las vías metálicas, las nubes se consumieron en nieve, coloreando de blanco el cielo cinéreo, y con presteza, los copos cubrieron por completo la insignia judía, unos segundos antes de que la locomotora se pusiese en marcha. Sesenta toneladas de hierro marcharon sobre ella, apisonándola hasta quedar reducida a un húmedo y cochambroso harapo de tela, que de nuevo, fue cubierto por la nieve que caía sobre Berlín.

Jacob se sentaba frente a Ana. Tenía doce años, los mismos que él, mirada cobriza e inocente y sonrisa sincera, que a menudo se traducía en una risa cálida como el verano. Su corazón latía inerme a los encantos de lo que a él le parecía la mujer más hermosa de Berlín, pero su mente se hallaba sumida en pensamientos muy distintos.

Su cabeza reposaba contra el frío ventanal del vagón inundándolo de vaho, un cano vapor que remitía con la cadencia de su aliento. Sus vidriosas pupilas azules contemplaban el paisaje nacer y morir a un ritmo sorprendente. A lo lejos, como una mancha en el paisaje, vislumbraba aquel que había sido su hogar.

Su hálito empañó de nuevo la ventana, y su antigua vida se perdió para siempre en la distancia.

Trasladó entonces su atención al interior del tren. Los sueños y esperanzas se vendían baratos en el vagón de los niños, pero él no estaba dispuesto a comerciar con su supuesta inocencia y sus vanos anhelos. Sabía que a la larga el coste sería enorme.

Todos charlaban, dejaban volar su imaginación dilucidando sobre el destino que los aguardaba. Algunos incluso se mostraban optimistas, y discutían sobre si les dejarían o no jugar todos juntos allí a donde iban.

Vio como Ana movía los labios, participando en la conversación. No fue consciente de que se estaba dirigiendo a él hasta que su gesto se torció al no encontrar respuesta alguna a su pregunta.

Tuvo que pedir que se lo repitiese, entre las risas de alguno de sus compañeros.

-¿Tú crees que podremos jugar?

Esta vez lo escuchó a la perfección. La sonrisa triste que compuso como respuesta lo decía todo.

Hacía tiempo que había perdido las ganas de jugar. Su único deseo era que el tren se detuviese, que la columna de humo se deshiciese en el aire y que el ensordecedor toque de bocina enmudeciese para siempre. Quería que las vías ardieran, o que, en su defecto, se retorciesen en el suelo y variasen el rumbo de la locomotora. Quería regresar a casa, o no llegar a su destino, aún no había decidido cuál de los dos era exactamente su deseo, o si no significarían ambas exactamente lo mismo.

Pensó en su familia. Su madre siempre había intentado mantenerlo al margen, no quebrar su inocencia antes de lo necesario. “Es sólo un juego”, le decía. Su padre había sido siempre más contundente. “Si, y nosotros somos los juguetes”, habían sido sus palabras. Cuando le preguntó si era un juego divertido, lo había mirado con seriedad y respondido: “Hijo, a nadie le gusta que jueguen con él, y moriría antes de probar lo que se siente al formar parte del bando jugador”.

La trascendencia con que dotaba a sus palabras y su forma suave pero firme de articularlas siempre le dejaban boquiabierto. Podía pasarse horas escuchándolo sin que la admiración decayese un ápice.

Poco después el juego cambió. Unos hombres se presentaron en su casa cuando la madrugada era aún noche cerrada, y se llevaron a su padre sin responder a ninguna de sus preguntas ni dirigir a su madre, que lloraba rota de dolor en el suelo, ni tan siquiera una palabra.

Vivían en un sexto piso, y las paredes ni eran gruesas ni habían sido bien construidas, por lo que pudo oír el llanto de más mujeres a lo largo de la noche. Esposas, hermanas, madres e hijas. Pudo escuchar a Ana llorar por su padre, probablemente abrazada a su abuela. También lloraron los niños, pero no lo hicieron los hombres a los que se llevaron. Trataron de permanecer valientes para sus familias, aunque sabían que no serviría de nada.

A la mañana siguiente, su madre le dijo aún con lágrimas en los ojos que conocía el lugar al que se habían llevado a su padre, y que debía reunirse con él. Se despidió con un beso, y descendió los dieciocho metros que los separaban de la calle de un salto, desde la única ventana de la casa. Desde la misma ventana pudo ver como su sangre bañaba el frío empedrado sobre el que se erigía el barrio judío de Berlín.

Poco después un hombre alemán, de los altos y rubios, los de ojos claros, aquellos que renegaban de Yahveh y adoraban al dios de la guerra, lo había llevado junto a los demás niños, y le había dicho que partiría a un nuevo hogar junto a ellos al día siguiente.

Y allí estaba. Frente a Ana, deseando que el tren se detuviese mientras buscaba la forma más adecuada de materializar sus pensamientos. Pero su mirada profunda y su triste sonrisa lo decían todo. Así que se ahorró sus palabras. “Jugaremos, pero para cuando el juego empiece, no creo que a ninguno nos queden ganas de hacerlo.”

El tren proseguía su marcha, imperturbable. Las ruedas de la bestia de hierro y carbón se ensañaban con las vías, arrancando a estas un chirrido metálico que rugía bajo la estridente bocina. Con insondable celeridad, la locomotora encauzaba su curso hacia el campo de Sachsenhausen, y los últimos vestigios de humanidad alemana, enterrados bajo un paisaje de nieve y plomo, semejaban disiparse a sus espaldas, para dar paso a un lúgubre horizonte que auguraba, para los más pequeños, una navidad de sombras.

Descendieron uno a uno, tal y como habían subido. Caminaron todos juntos, en dirección a las instalaciones alemanas, escoltados por un número considerable de militares arios.

Cuando quedaba ya poco para alcanzar el complejo, Jacob se detuvo. Se negaba a dar un paso más. Se negaba a participar ni tan solo un segundo más de aquel juego cruel y ridículo.

Uno de los militares lo apuntó con un arma, y le habló alzando la voz.

-¿Qué crees que estás haciendo?

Con un tono infantil rebosante de candidez, se dirigió a él, haciendo caso omiso a su pregunta.

-He oído que Hitler es malo.

-¿Quién te ha dicho eso? –obtuvo como réplica, con cierta ironía y enfado contenido.

-Nadie, pero todo el mundo lo sabe.

La exigua paciencia del hombre dio paso a una enrojecida faz que se configuraba como el preludio de un brutal acceso de ira.

El revuelo atrajo a más hombres armados.

-También he oído que ustedes no son malos, que solo siguen órdenes –continuó Jacob antes de que lo hiciese su enojadizo interlocutor.

– ¿Si, y quién te ha dicho eso? –vociferó.

-Nadie, mi inocencia de niño así lo cree –hizo una pausa-. Y aunque sea mentira, es una mentira necesaria para que la humanidad sobreviva a esta guerra.

Había sentenciado su suerte al comenzar a hablar, pero supo que esas habían sido sus últimas palabras.

-Necesaria o no, es una puta mentira.

Ante un público estupefacto por el inesperado espectáculo, y la mirada de terror de un ingenuo grupo de niños, al menos diez armas se elevaron, encañonando al imberbe pero maduro crío que se había atrevido a desafiar las normas del juego nazi.

Los reveses y desencantos que la vida le había escupido a la cara a tan temprana edad, hacían que su alma se hubiese endurecido, y la semilla que su padre le había inculcado desde pequeño, había arraigado con fuerza en su interior, una rúbrica de humanidad y justicia que lo impulsaba a rebelarse contra todo lo que suponía el tercer Reich alemán, el más cruento y mezquino de la historia.

El celuloide de su exigua felicidad se accionó entonces, e hizo que sus entrañas se retorciesen en un torbellino de emociones encontradas. Abrazó la muerte con temor, y la besó con rabia y dulzura. Todos los recuerdos que Ana y él habían compartido se pasearon por su mente. Deseó que su estancia en el infierno fuese tan breve como la suya.

La metralla se instaló en su pecho casi a la vez que el estruendo de los disparos desgarraba sus frágiles tímpanos.

Al menos, pensó antes de caer muerto sobre un manto de nieve sucia, nadie jugaría con un juguete roto.

Fue cuando ya yacía sobre el suelo, y diez pares de robustas botas de militar ya habían marchado sobre él, pisoteando, junto con cada rincón de su cuerpo, la poca dignidad que le restaba, cuando una repentina nevada se empecinó en teñir de blanco su endeble cadáver.